December 14th, 2010
Muñequita linda…
Ese era el nombre de la canción favorita de mamá que papá sabía cantar tan bien y que nos emocionaba hasta la médula.
En sus últimos días en el sanatorio, Alejandro Enrique mi hermano menor, se la ponía en el oído en una versión que había buscado con su celular, seguramente de Youtube.
Se fue sin una queja, asistida por la Santa Religión con la Unción de los Enfermos y la Bendición Papal “in artículo mortis”.
Le llegué a cantar al oído, el Salve Regina varias veces, incluso en sus dos despedidas, una acá en su último día y otra ya en la capilla del cementerio.
Y ese día, el de la primera despedida, le pedí perdón por todo lo que haya hecho que le pudo haber molestado y viceversa.
Recé a su lado una décima del Rosario, puse mi mano en su corazón como me enseño mi amiga Nadri, y le dije lo orgulloso que me sentía por haberla visto dar el Buen Combate como decía San Pablo, que su coraje de leyenda iba a ser motivo de recuerdos bellos y de sostén en duros momentos para sus hijos, nietos y bisnietos.
Lloré con dolor pero sin sufrimiento. La besé con esos besos con ruido de hijo mimoso en la mejilla y en la frente.
Y le regalé mi más famoso abrazo de oso.
Y en ese momento me dí cuenta que le daba el Abrazo del Padre Misericordioso.
Su hijo la despedía y el Padre la Recibía.
Y sabiendo lo que se venía después le dije textual “Mamita, me voy a Misa a comulgar por Vos…·.
Y me fui.
Cuando me llamaron por teléfono y me dí cuenta porque era, tomé consciencia de que cuando ella partió a su Casa, yo estaba en plena Misa.
Que maravillosa despedida…
El Cielo se me va llenando de luces conocidas.
Una, la más linda de todas, hoy nos cuida.



