Hace un tiempo, tuvimos un gatito cuyo nombre coincidía exactamente con su piel, “Rayita” se llamaba.
Lo amábamos. Cuando maullaba lo hacía de un modo rarísimo porque parecía decir guaguau, lo que nos provocaba kilo y medio de risas.
Era un gato polígloto!
Con una linterna proyectábamos la luz hacia las paredes, lo que le encantaba y le hacia pegar unos saltos ornamentales que “te la voglio dire”.
Un día, por causas desconocidas (aunque cargué con la culpa mucho tiempo por motivos que no vienen al caso) se murió.
Mi mujer cuando lo vio agonizando, se desesperó. Se vistió con lo primero que tuvo a mano, y caminó más de 20 cuadras buscando un veterinario, pero fue inútil…
Lloramos todos por su pérdida.
Esta historia tiene un motivo. Gogle, la fiera mas amorosamente fea y simpática que he visto en mucho tiempo, mascota de Darío y guardiana de Tuitiar se nos fue de un día para otro, en forma abrupta e incomprensible.
Cuando mi gatito murió, mi hija mayor con los ojos llenos de lágrimas me preguntó si podía ser posible que Rayita se hubiera ido al cielo…
Y yo, que me las doy de creyente, le dije inmediatamente que sí, que estaba en el cielo, corriendo y jugando como lo hacía con nosotros.
Me hago cargo de que esta corta historia puede ser incomprensible para quien no ha tenido nunca una mascota.
Y encima lo haya incorporado como un miembro más de la familia.
Pero para nosotros, para mí, que de chico jamás me permitieron tener ningún animalito, la pérdida siempre es grande. Y duele.
Mucho.
Por eso, hoy renovamos la esperanza que Rayita tenga ahora un nuevo amigo y compañero de juegos tan divertido y tan tierno como lo es Gogle.
Y que el Cielo haya sido abierto para ellos…